El miércoles pasado tuve una experiencia diferente y que núnca había vivido. Doy gracias a Dios por haberme dado esta oportunidad y por haberme permitido aprovecharla.
Tuvimos nuestra tradicional clase del miércoles a las 7 de la mañana, en esta ocasión con la peculariedad de ser semana de exámenes. Llegué al salón de clase, saludé al profesor, instalé mi lab y me dispuse a tomar la clase. Habían pasado unos minutos y ahí estaba el profesor en su escritorio y yo. En un momento llegarán los compañeros, pensamos, continuó la clase. Media hora ya había transcurrido y ninguna otra silla se estaba ya calentando. El tema de la clase se desvió por completo y tuve la oportunida de vivir en carne propia una experiencia del tipo de la película del Estudiante: pude tener la dicha de enriquecerme de la experiencia y conocimientos acumulados en una cabeza que peina ya plata.
Los temas versaron casi sobre lo mismo: nuestra sociedad, que como siempre nos preocupa. Casos por aquí, casos por ahí… la conclusión era siempre la misma: el problema es la ingente individualidad en la que vive la gente “moderna”. Una individualidad en donde el que vale soy yo, luego yo, luego yo y ya al final, de nuevo yo.
No habían pasado ni un par de horas y el ejemplo se escribía delante de mis ojos: me puse a leer en las mesitas que se encuentran en el pasillo central. Estuve en una mesa “solo” cerca de hora y media. Pasó un primer jóven y sin ton ni son se sentó en la misma mesa: ni una palabra, está un rato, manda un mensaje por celular y se levanta. Yo solo observo. Llega un par de amigas y se sienta en la misma mesa: ni una palabra, se acuestan en las bancas, leen sus mensajes de texto, chismean un rato y se levantan. Yo solo observo. Otro jóven se sienta en la misma mesa: ni una palabra, audífonos y cigarro en mano, contempla el horizonte a través de sus ojos cansados, medio piensa un rato y se levanta. Yo solo observo. Fácil como 10 personas se acercaron a esa mesa, mi mesa, ni una palabra, cada quién en su mundo, en sus cosas, en su Yo. De nuevo vino a mi mente la reflexión matutina de ese mismo día: individualismo. De ahí, justo de ahí… se desprenden los matrimonios rotos a los dos meses, la falta de tolerancia, las guerras, las divisiones, etc…
De nuevo se hace presente el compromiso, en esta ocación de boca de la “Sirenita”: Si quieres enseñar a amar, hay que enseñar a darse”. Este es el paso que hay que dar, el primero para iniciar el camino y sin el cual ningun camino puede llegar a buen término.
Ése día en mi horario tenía programadas 3 clases, pero asistí a 4. La extra es la mejor de todas las clases: la que se da en la vida misma, la vida ordinaria, la vida que igual camina por los pasillos de nuestra universidad.