Mucho tiempo ha pasado desde la primera vez que comencé la aventura de escribir un Blog. Un primer inicio y mucho reinicios algunos de larga y otros de corta duración. En todos siempre ha estado ese deseo de compartir lo que día a día voy aprendiendo de las personas, de los hechos, las situaciones y circunstancias que forman parte de mi mundo y de mi historia.
Lo comparto no como un viejo sabio que quiere dejar su legado a la juventud aun naciente, sino como un alumno de la vida que quiere compartir con sus compañeros de clase sus reflexiones, sus triunfos, sus caídas, sus lecciones y cada una de sus tareas. No para evitarte estudiar, sino para hacer juntos
Los últimos quince días, han sido trabajo de mina: mucho trabajo, muy poco tiempo, y sobre todo muy poca luz. ¡Qué difícil es transitar un camino, que aunque se sepa seguro, no tenga luz! Puede conocerse muy bien el destino, saberse incluso de memoria el lugar de los baches, el momento de las subidas y la posición, incluso, de cada una de las rocas. Pero sin luz, qué difícil es. Siempre llega el maleante de la desesperanza, que nos detiene, que nos atrasa y muchas veces nos impide caminar.
Este fin de semana he encontrado nuevamente la luz: no una gran fogata, ni mucho menos un elegante candil. Pero al fin y al cabo luz. La luz que proviene de esos pequeños retoños que se dejan ver después de un arduo trabajo en el campo; que generalmente es en el silencio, en el anonimato y en la perseverancia de la entrega diaria. No importa qué tan insignificante sea mi labor; si aun sin luz, se HACE. Así comienzan los grandes árboles: en la oscuridad de la tierra húmeda, del fango y de la soledad. Poco a poco se van haciendo los gruesos troncos, las múltiples hojas y los delicados pétalos de cada flor.
No hay que rendirse, no hay que dudar, no hay que echarse para atrás; aunque la luz BRILLE por su AUSENCIA... Esto lo aprendí este fin de semana, ahora si... YA me puedo ir a dormir.